Durante los años noventa, mientras MTV proyectaba distorsión y ropa raída hacia toda América Latina, Lima también tejía su propia red de guitarras inquietas. No hubo una escena formal, pero sí una serie de bandas que empezaron a componer desde el fastidio, la ansiedad y una urgencia por decir lo que nadie quería escuchar. 3 Yardas nació en ese entorno. En sus primeros pasos compartieron espacios con otros grupos que apostaban por el desorden y la honestidad como bandera. Su música se gestó entre la precariedad del circuito limeño y la influencia directa del sonido de Seattle. Esa historia se cuela en cada segundo de Despertar, su nuevo EP.
El disco suena a madurez sin solemnidad. Las guitarras están presentes con peso, no con protagonismo vacío. La banda decidió dejar atrás cualquier impulso por sonar prolija o accesible, y se mantuvo fiel a esa crudeza que los marcó desde el inicio. Las estructuras son compactas y densas, con una tensión que crece sin necesidad de explotar. El grupo no intenta replicar su pasado ni disfrazarse de algo que ya no son. Cada parte del EP transmite una sensación de continuidad, como si las pausas en su historia hubieran servido para afilar el lenguaje, no para apagarlo.
Lo que distingue a Despertar es su lectura personal del grunge. No hay homenajes ni referencias calcadas. Las influencias se filtran en las atmósferas, en las elecciones rítmicas, en las afinaciones que sostienen el cuerpo de cada canción. Las voces suenan contenidas, cargadas de peso emocional. La producción, limpia sin ser reluciente, conserva ese filo que vuelve cada segundo creíble. En lugar de recargarse de nostalgia o pulir el sonido hasta dejarlo irreconocible, 3 Yardas optó por lo directo, por lo que sigue palpitando después de los años.
En Lima, el grunge nunca fue industria, pero sí refugio. Muchas bandas desaparecieron sin dejar rastro. 3 Yardas eligió quedarse, incluso en silencio. Y lo que entregan ahora no viene a reclamar un lugar perdido, viene a reafirmar una convicción. Despertar respira desde esa decisión. Lo que parecía pendiente terminó de tomar forma. Lo que dolía en voz baja ahora tiene volumen propio. Y con eso basta para abrir una nueva etapa.





